Que hacer con la culpa

¿Qué haces cuando te sientes culpable? Aunque me repito como un mantra que yo no obligo a nadie a tomar decisiones y que siempre pienso que las personas eligen libremente, en el fondo no siempre es así.

Yo he podido elegir muchas veces desde una situación de privilegio, pero otras personas no han podido porque la situación de partida no era la misma y las habilidades que tenemos cada uno/a son diferentes y las situaciones puntuales te pueden llevar a tomar decisiones incorrectas o poco acertadas por miedo.

Durante los últimos 20 años de mi vida desde que me independicé, no he estado nunca sin pareja. Salí de casa de mis padres con 24 años vestida de novia creyendo que el amor me daría la felicidad. En breve me di cuenta de que no, de que la felicidad no debía de estar en manos de otros. Era joven y veía la vida de la pareja a través de TODOS los mitos del amor romántico.

Tengo una tendencia insana a ser salvadora. Recorre mis genes, y en mi sistema familiar está muy presente el estar hacia los demás, los cuidados, las causas perdidas, el aguantar y el ideal de que aquello que cuesta mucho es valioso. Mierda de religión.

Yo quería amar, amar hasta el infinito, ensanchar, compartir, crear, realmente amar el amor. Es como una idea filosófica que no soy capaz de llevar al mundo terrenal. Está en mi cabeza de una manera clara, puedo sentirla en momentos, pero el mundo real la devuelve al mundo de la fantasía cada dos por tres.

Somos diferentes, diversos y diversas, peculiares, con modos, con matices y eso es la belleza. Cómo aquello que te enamoró puede convertirse en lo más dificultoso, es un acertijo que no logro resolver. Hace que las relaciones comiencen y se acaben, o por lo menos esa es mi experiencia.

En mi teoría filosófica contemplé siempre la posibilidad de que las relaciones comiencen, evolucionen, muten y se nutran. Qué estén en una revisión constante para ser el campo de cultivo de nuestros mejores “yo”. Nunca pensé que viviría una y otra vez el estancamiento, a veces en la crisis esa famosa de los tres años, o a los siete o a los diez.

Hay un momento donde lo más conocido se hace desconocido y extraño. Donde pedir lo más sencillo es incomprensible para la otra persona. Aparece entonces la desconfianza mutua, porque yo no quiero ser un libro conocido e interpretado al que dirigirse con los “es que tú siempre o tú nunca”.

Imaginé las relaciones llenas de sorpresas y un lugar constante de experimentación. Un lugar seguro donde poder mostrar la vulnerabilidad de lo difícil que es a veces la vida. Donde compartir los desvelos pero también los triunfos y sobre todo donde sentirse ser en plenitud.

Fina Sanz habla en sus Vínculos amorosos del modelo de Interdependencia, ese que son dos circulitos que se cruzan para crear un espacio común pero que mantienen intacta la identidad. Es un modelo donde no hay poder ni jerarquías, donde cada uno/a puede mantener su jardín secreto interno y crear un jardín común.

Esta teoría la he explicado mil veces en mis talleres y no he sido capaz de llevarla a la práctica. En mis relaciones aparece en algún momento el poder. Surge cuando mi pareja se acomoda, se relaja, y siente que está todo hecho y comienza a disfrutar de la seguridad de creer que conoce al 100% a la persona con la que convive.

Yo soy poliédrica, inconformista y en constante cambio. Me gusta vivir tranquila sí, pero la curiosidad por el mundo exterior e interior, las personas, las relaciones, la transformación social, y la idea de dejarle un mundo mejor a mis hijas, me lleva a estar  en constantemente  movimiento.

Soy incompatible con lo estático, conformista, individualista, pesimista, y aquel o aquella que siente que no puede hacer nada, y que todo el pescado está vendido y en manos de unos pocos. Ojo, no soy una utópica e ingenua, soy capaz de ver cómo nos manejan y manipulan, como nuestros clics hacen que perdamos libertades y estamos enganchados a lo digital.

A pesar de toda esta parrafada me siento culpable, porque mi estándar es excluyente. No soy capaz de aceptar aquello que no me deja crecer aunque haya amor. Es aquí cuando comienza el autoengaño, la esperanza, la posibilidad de que el otro o la otra vea mi verdad como algo maravilloso y renuncie a su identidad. Este proceso es totalmente contrario al amor y aquí me enredo.

He pensado muchas veces porque narices cogí la pastillita de Matrix que me sacaba de la norma. Hoy me ha preguntado mi terapeuta porque lo hice, que fue exactamente lo que me hizo clic en el coco un día para comenzar a pensar y actuar de esta manera. Mi respuesta fue que no me sentía libre, sentía que estaba haciendo correctamente el papel que me había tocado social y culturalmente, y sencillamente me cansé.

Salirse de la norma tiene un coste elevado. Mis amistades más cercanas no entienden nada de todo lo que pienso y por lo tanto recibo consejos enlatados y manidos que automáticamente cuestiono y que me separan de ellas/os. Me cierro en mi cuevita de autocuidado sintiendo las señales del cuerpo para encontrar mis propias respuestas. Se siente soledad si , pero igual ese es el destino que tanto miedo me daba.

Gozo de una red afectiva muy amplia y siento el privilegio de sentirme querida. No pienso que las rupturas relacionales sean un fracaso sino una etapa. Celebro y agradezco lo aprendido y lo compartido, y me queda siempre mucho amor y ternura.

La tristeza es necesaria para avanzar y en estos momentos de pandemia está mucho más presente.

Al mañana le pido una sonrisa y salud para tod@s.

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