Caja de bombones

Hace casi un mes que no escribo. Las navidades y las vacaciones escolares no me han dado tregua. El inicio de año ha sido tan inesperado  y contradictorio que he necesitado un tiempo para recolocarme otra vez.

En el anterior post hablaba de mi sanación, de cómo había conseguido salir por fin de la cueva y volver a estar en el mundo presente y abierta a la vida. Con esa energía llegaron las Navidades. Es una época que no me emociona la verdad, ahora un poco más por las niñas y que se juntan todos los peques, pero yo sería feliz si me teletransportasen a Febrero.

Conservando la esencia de “no hacer nada”, entendámonos, no estar proactiva vamos, sino dejándome fluir, conseguí no vivir con estrés estas fechas. Paralelamente a todas las comidas, eventos, compras y demás, yo vivía un proceso contradictorio.

Terminé el año con un regalazo. Una personita maravillosa entraba por casualidad en mi vida, y lo que en principio iba a ser un encuentro casual de una larga noche comenzó a transformarse en una dulce historia.

Desde el día que llegué no dejamos de comunicarnos, y ambos entendimos los mensajes que nos lanzaba el mundo y nos animaba a probar. Una dulce locura con 900km de distancia pero que el Skype hace que vivamos uno en la vida del otro a través de una pantalla. Dentro de 4 días pasaremos del 2D al 3D y será la recogida más maravillosa que haga en el aeropuerto de los últimos tiempos.

Este encuentro será el que nos de pistas para seguir escribiendo nuestra historia común, para ver si las palabras se sienten, se viven, nos transforman, y a partir de ahí veremos cómo y que podemos construir.

Tengo ilusión y nervios, ganas y miedos, pero sobre todo agradezco a la vida tener la oportunidad de vivirlo y a él de apostar por un “nosotros”. Él está “asustado”, no había oído hablar del poliamor en su vida hasta ahora, y como buen monógamo no sabe cómo “gestionará” según qué cosas, pero si sabe que quiere intentarlo, y eso ya de por si es alucinante para mí.

Hemos construido un nosotros a distancia a través de una comunicación directa, abierta, fluida, donde las inseguridades y los miedos se afrontan, donde las alegrías se celebran y comparten, y donde hay permanentemente unos cuidados exquisitos del uno hacia el otro sobre nuestros temas individuales y sobre lo que nos rodea. Ambos tenemos hijos, ambos hemos vivido en pareja, nos ha tocado la crisis de lleno para hacernos más duros y resistentes, y somos de 75, una añada con personalidad.  😛 y sobre todo queremos sentir.

Paralelamente a este proceso ilusionante y maravilloso que me mantenía conectada con el amor, mi pareja se desvanecía como arena entre los dedos. Diciembre suponía un mes de cambios y vaya si los hubo. Mi pareja tuvo dos encuentros en ese mes y antes de las navidades decía romper. No pregunté, solo le dije que estaría acompañándole, respetando su duelo y que fuese él el que me pidiese lo que necesitase en cada momento. Pidió soledad y que no le cuidase, y así fue.

Como la vida es una caja de bombones como decía Forrest Gump, un día me tocó el bombón amargo. El día 1 de enero de 2017 me levantaba con un sobrecito de Gmail en mi móvil, era un correo de mi pareja. Las navidades habían estado bien, y a pesar de que él estaba en su proceso estábamos viviendo un buen momento en familia.

Abrirlo ingenuamente fue abrir la puerta a la perplejidad. Hablaba la rabia y el rencor, hacia mí, hacia el mundo, hacia las situaciones, hacia las incapacidades, pero sobre todo hacia él mismo. Su intención nunca fue hacerme daño, era un acto de transparencia innecesaria. Honestidad, si, adelante, sobre todo reflexionada, pero sinceridad vertida como mierda sin control es simplemente cruel.

Me dieron las fuerzas para preguntarle cuál era su intención con ese correo y me deshice en lágrimas al leer las cosas que pensaba de mí. Lo que me sostuvo para  no volver a mi cueva fue el mantra “no hacer nada, no hacer nada”, y no sentir que ese proceso era responsabilidad mía.

Hace tiempo desterré la culpa de mi vocabulario y la sustituí por la responsabilidad. Me costó 4 años desaprender una creencia judeocristiana que va a fuego desde niñ@s para aprender otra forma de estar en el mundo.

Carmen Durán dice en su libro de “El sentimiento de culpa” que “el sentimiento de culpa tiene una importante función en nuestro psiquismo: nos lleva a ocuparnos del bienestar ajeno o a ajustar nuestros deseos y los de los demás en un saludable equilibrio. Asimismo, permite restaurar las relaciones, recomponer los vínculos y facilitar la convivencia. Sin embargo, este sentimiento tiene otra cara: aquella en que la culpa nos atrapa y nos carga de exigencias y reproches por asuntos que no están en nuestras manos. Se convierte, entonces, en un lastre y una auténtica tortura.  Destaca la importancia de la liberación que supone asumir nuestra verdadera naturaleza para no estar en guerra con uno mismo; en esa pugna que nos impide alcanzar la serenidad y la paz interior.”

Ahora estamos en una situación de stand by, yo viviendo mí historia de amor en privado, sin mostrarla, sin compartirla con la intensidad y cariño que se merece para protegerla y cuidarla, y a la vez no haciendo nada y confiando en que mi pareja encuentre su luz.

Estoy concentrada en mis amores, mis ardillas preciosas, que se están despertando a la vida y les toca vivir estos momentos amargos. Estoy tejiendo una red de seguridad alrededor de ellas pero también dejándolas aprender, porque así es la vida, contradictoria, con momentos dulces y amargos, y todo junto.

Yo me siento confiada en que cada cosa encontrará su lugar y su momento, y mientras tanto me guardaré un bombón dulce en el bolsillo para mi espera en el aeropuerto.

Caja de bombones

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